El niño que fuiste aún está en ti

Esa niña, ese niño, que fuiste existe todavía y vive dentro de ti.

Muchas veces te hace hacer cosas y no te das cuenta porqué; muchas veces tiene tristezas, tiene pataletas, miedos y necesidad de cariño; a veces te hace entrar en la fantasía e imaginar cosas, soñar despierto, se ríe de sus ocurrencias; en otras ocasiones te habla a través de la intuición.

Existe, está y es una parte importante de tu vida.

El Análisis Transaccional, modelo de psicología que estudia la personalidad y las relaciones interpersonales, señala que el individuo tiene tres sub-personalidades, llamadas estados del yo: Padre, Adulto y Niño.

El estado del yo Niño podría corresponder al Ello o Id del psicoanálisis,  donde “descansa los instintos, deseos y experiencias traumáticas”. Pero a diferencia de esta descripción, Eric Berne, creador del Análisis Transaccional, decía que no es solo eso que es común a la humanidad, sino que el estado del yo Niño guarda todas las experiencias personales que cada quien ha vivido en su infancia. Es ese niño específico que tú fuiste, con todo lo que viviste, ya sea que te acuerdes o no.

Ese niño que fuiste es lo que está en ese estado, intacto. Si sufriste abandono y tuviste tristeza, esa tristeza está en él, a no ser que lo sanes. Si tuviste alegrías, esas alegrías siguen allí; si constantemente pensaste que no te querían, que tenías que hacer un esfuerzo para que te quisieran, ese tipo de pensamiento sigue allí, a menos que hagas algo para cambiarlo.

Ese estado del Niño corresponde a las necesidades físicas y fisiológicas, a las emociones, a la creatividad e intuición. Para mí, ese estado del yo Niño es el niño interior.

“No existe pasado ni futuro, todo está en un tiempo paralelo”… cuando he leído este tipo de afirmación de maestros y corrientes espirituales pienso en ese niño. Si bien él guarda las experiencias del pasado, lo podemos contactar, sentir, experimentar y, lo más importante, SANAR en tiempo presente; y así modificar nuestro futuro.

Ese niño interior no está lejos en el tiempo, ni en la experiencia, de la mayoría de las personas.  Muchas veces cuando una persona tiene un conflicto de pareja, le está reclamando a la pareja algo que su niño interior necesitaba reclamar o hablar con alguno de sus padres; sin darse cuenta está actuando desde el niño herido o vengativo o asustado.

Generalmente, cuando una persona se siente estancada y no avanza en su vida profesional, su niño interno tiene miedo, o no se siente con derecho, o merecedor, o necesita cumplir una orden, un mandato, asumido en la infancia, como por ejemplo, “ocúpate de todos los demás, no de ti”.

Si comparas tu personalidad con una computadora, podríamos decir que tienes tres discos duros: el del niño guarda la memoria y toda la información captada desde que estabas en el vientre de tu madre y toda tu infancia. Ahí están los miedos y creencias desfavorables que funcionan como un virus, que saltan, contaminan y dañan áreas de tu vida, aunque no sepas que están allí.

El antivirus
El antivirus: el amor.  Lo que sana a ese niño es el amor; lo que necesita ese niño es amor. El amor a sí mismo: autoestima. Amor a los otros: valores. Amor a Dios: trascendencia, conciencia superior, espiritualidad…

Cuando sanas a tu niño y lo ayudas a perdonar,  te llenas de amor, paz, entusiasmo, energía y creatividad.  Con esa fuerza tienes la cabeza más tranquila para usar tu estado del yo Adulto, ese que razona con lógica, decide y actúa según lo que más conviene.  También así vas sanando y tienes más disponible tu parte Padre: los valores, los límites a los demás y a ti mismo, los permisos internos para lograr tus sueños, la protección, la guía, etc.

Hay varias maneras de contactar y sanar a tu niño interior. La visualización guiada, la meditación, la oración desde el corazón ayuda, así como la psicoterapia y algunas terapias holísticas.

Visualización
Busca un sitio donde sentarte cómodamente y asegúrate de que no te interrumpan. Relájate… Lleva la atención al cuerpo, luego a la respiración.  Cuando estés relajado pregúntale al cuerpo: ¿Qué necesitas? Simplemente siente y mantente atento al mensaje del cuerpo.  Toma otra respiración profunda, lleva la atención al corazón, al pecho.

Métete allí adentro, bien dentro de ti. Luego imagina que tú eres un niño o una niña, obsérvalo, siéntelo, ponte a su altura y míralo a los ojos. Pregúntale qué necesita. Dale un abrazo y dale amor. Quédate en la experiencia hasta que puedas sentir el amor. Siente que el amor le sana cualquier emoción distinta. Siente que él y tú se funden en un solo ser, lleno de amor.

Dale energía a ese niño. Busca momentos de disfrute a la semana; ama, canta, baila, sonríe, siente el sol…

Recuerda lo que dijo nuestro maestro Jesús: Deja que los niños vengan a mí. Es desde tu niño que puedes entregarte a sentir el amor de Dios en una meditación y en muchos otros momentos.

El niño que fuiste aún está en ti

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