El yo en la pareja

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Dejar un espacio para la sana individualidad favorece la vida de una relación amorosa

 

 

Al vivir en pareja, una buena parte de la individualidad debe ceder espacio a la vida en común, a las decisiones en conjunto, al compartir tiempo, pertenencias, planes, familia nueva y futuro. Sin embargo, para que la unión funcione adecuadamente, cada uno de sus integrantes debe conservar una cuota de vida propia.

Lo que significa “vida propia” varía de una persona a otra, según sus valores, creencias y tradiciones. Sin embargo, podríamos definirla como la manera particular de ser del individuo, lo que incluye sus gustos, pensamientos, sentimientos, aspiraciones, responsabilidades y actividades que son solo suyas y que no tiene, necesariamente, que compartir con la pareja.Así como cada cabeza es un mundo, cada pareja es una entidad con sus propias dinámicas, normas y costumbres en cuanto a lo que corresponde a lo individual y lo que entra en la vida compartida de ambos.

Muchas veces, la división entre “mi” vida y “nuestra vida” queda sobrentendida y se va estableciendo según lo que va pasando en pareja. Sin embargo, éste es un tema que debería conversarse a fin de aclarar qué entiende cada uno por “lo mío” y “lo nuestro”; así como negociar y llegar a acuerdos para que la pareja en conjunto establezca una sana y flexible división entre ambas dimensiones.

Como señala el doctor Bernardo Aguilera Ballesteros en su libro Vivir en Pareja (Alfadil Ediciones), “Es preciso determinar, en cada caso y en cada negociación, cuáles de las áreas de la vida han de tomarse como ‘áreas de confluencia’ y cuáles como ‘áreas de autonomía'”.

Las áreas de confluencia son aquellas cuyas actividades y conductas involucran a las dos partes de la pareja; y por tanto deben ser necesariamente negociadas y convenidas para el bien del ajuste de la relación. Aquí podría entrar la vivienda, presupuesto familiar y aportes de dinero por parte de cada uno, sexualidad, educación de los hijos, etc.

En las áreas de autonomía entran las actividades que corresponden a lo privado y personal de cada uno; “pertenecen al fuero interno de cada cual”. Aquí “ocurren pensamientos, sentimientos y acciones que se pueden comunicar, informar y compartir, y hasta consultar en busca de consejo, pero no se someten a la aprobación del otro ni es necesario justificarlas o explicarlas”. Pueden pertenecer a estas áreas los asuntos relacionados con la familia de origen, ideas y prácticas religiosas, estudios, profesión, aficiones y hobbies. Como lo explicó Aguilera, psicólogo que acumuló muchos años de experiencia como consejero matrimonial, los intentos de intervenir en el fuero interno del otro, ya sea de forma velada o abierta, serían una invasión a su intimidad, “y crean disturbios emocionales, incomodidades, resentimiento y luego disgustos, reclamos, acusaciones, peleas y el paulatino deterioro de la relación”.

“Quisiera llevar el cabello corto, pero a mi esposo no le gusta”, “mi esposa no me deja que visite a mi mamá”, “tuve que dejar de ir al culto que practicaba para no incomodar a mi pareja”, “no me deja ni respirar, parece una sombra detrás de mí”. Frases como estas pueden indicar que la vida privada de esa persona está siendo invadida por el otro, quien estaría irrespetándolo como individuo con derecho a tener una vida propia.

“Dejé mi hobby favorito porque a mi pareja no le gustaba como a mí y me sentía culpable si lo dejaba solo para ir a practicarlo”. Hay quienes consideran que al vivir en pareja están obligados a dejar de ser individuos para adaptarse completamente al otro y renuncian a sueños, profesiones e incluso a cumplir sus obligaciones morales y materiales con hijos de uniones anteriores, solo para complacer a la pareja actual.

“La pareja es una comunidad de intereses, la unión de personas que son afines pero no son la misma persona”, señala la psicóloga Urimare Castillo. “Si la persona cambia su manera habitual de ser por adaptarse a la pareja, eso podría indicar que algo no anda bien”.

Entre las primeras señales de alerta de que se está perdiendo la sana autonomía está el malestar y la molestia en la cotidianidad. “Si estamos cediendo nuestros gustos y valores en muchas de las áreas ya hay una señal de alarma. Si hay algo que me incomoda mucho es porque no tiene nada que ver conmigo; no pertenece a mi naturaleza. Cuando ya el malestar es gigantesco y la persona se siente muy triste o con rabia, frustración, deseos de venganza e impotencia, ahí hay algo que hay que revisar porque se está transgrediendo su dignidad”, añade Castillo.

Lucha de poder
En una situación en la que una de las partes quiere imponer sus gustos y voluntad siempre y transgrede los límites de la privacidad del otro, el que se siente agredido puede decirse “no puedo con esto, no sé cómo defender mis propios límites” y se somete, se anula como persona, explica Castillo, quien es especialista en temas de pareja.

El miedo a perder la relación, entre muchas otras razones, puede hacer que la persona se someta al otro. Hay parejas que pueden vivir así toda una vida, sin mayores conflictos. La pregunta es si este tipo de relación es saludable o no, tanto para la persona como para la relación, y el precio que, a la larga, paga el que se somete, quien al final de su vida podría sentir que vivió para el otro sin sueños propios ni objetivos cumplidos. “En ocasiones, la persona vive resentida, sin tener plena conciencia de su resentimiento”, agrega Castillo.

Si el individuo que se siente amenazado se defiende y también trata de tener el control, y si a ambos se les hace muy difícil ceder y llegar a acuerdos, es posible que la pareja caiga en una lucha de poder.

“Las transgresiones pueden llegar a causar serios daños. Cuando los niveles de transgresión son tan elevados que una de las partes queda en minusvalía total o cuando ambos entran en una batalla campal por el poder, el daño que se causa es tal que podría significar el fin de la relación”, agrega Castillo, quien también señala la importancia de reflexionar si salvar la relación es más importante que la pérdida del yo.

Autenticidad
Hay quienes se sienten víctimas del control y dominación del otro y lo responsabilizan de sus propias acciones u omisiones. Muchas veces sin darse cuenta, juegan a “Si no fuera por ti”. Dicen: “si no fuera por ti, yo habría estudiado, trabajado, triunfado…”, cuando en realidad usan la excusa de la imposición (imaginaria o real) del otro para no hacer algo que le da miedo, para no arriesgarse a un posible fracaso, para no salir de su zona de comodidad, etc. Mientras más consciente es la persona de lo que quiere, de sus miedos, posibilidades y debilidades, puede ser más auténtica y honesta con ella misma y con los demás. Podrá también hacer valer esa autenticidad de su yo y respetarla también en el otro.

En defensa del yo, algunas personas llegan al extremo del individualismo y egoísmo, que también perjudican las relaciones. “Preservar la dignidad y quien soy es fundamental para ser feliz. Pero a veces, la preservación de la autonomía se confunde con el egoísmo. Hoy en día, esto se ha llevado al extremo y se cae en la egolatría; lo cual hace que las parejas no duren”, añade Castillo.

Para vivir en armonía es necesario buscar el equilibrio entre individualismo y lo que podría llegar a ser incluso la pérdida de personalidad. No hay recetas ni parámetros únicos. Le corresponde a cada quien y a cada relación establecer sus propios valores y en qué pueden y quieren ceder y en qué no; aclarar lo que es respetarse y respetar a la pareja como un legítimo otro. Lo ideal es encontrar ese equilibrio… entre gustos y colores.

Escrito por TERESA LEÓN  y publicado en la revista www.estampas.com

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